Discurso del Papa Francisco en la visita a la ciudad de la amistad de Akamasoa

El Papa Francisco visitó a la “Ciudad de la Amistad” de Akamasoa en donde se reunió con más de 8.000 niños y fue acompañado por el misionero argentino Pedro Pablo Opeka a quien le agradeció la labor que realizan a favor de alrededor 25.000 personas.

Akamasoa, significa “buenos amigos” en español, y se trata de una obra humanitaria fundada por el misionero argentino Pedro Pablo Opeka, quien vive en Madagascar desde 1970.  El Santo Padre llegó en papamóvil hasta el auditorio Manantenasoa de Akamasoa y fue recibido por el sacerdote de la Congregación de la Misión a quien conoció durante la universidad de teología.

“Queridos jóvenes de Akamasoa, a ustedes quisiera dirigirles un mensaje especial: no bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza, ni jamás sucumban a las tentaciones del camino fácil o del encerrarse en ustedes mismo”, animó el Papa.

A continuación, el saludo que el Papa Francisco pronunció durante esta visita:

Es una gran alegría para mí encontrarme con el padre Pedro Opeka, nos conocimos en la universidad de teología alrededor de 1968, en aquel entonces, a él no le gustaba tanto estudiar… pero sí el trabajo.

Es una gran alegría para mí encontrarme con ustedes en esta gran obra. Akamasoa es la expresión de la presencia de Dios en medio de su pueblo pobre; no una presencia esporádica, circunstancial, es la presencia de un Dios que decidió vivir y permanecer siempre en medio de su pueblo.

Esta tarde son numerosos en el corazón de esta “Ciudad de la amistad”, que han construido con sus manos y que —no lo dudo— seguirán construyendo para que muchas familias puedan vivir con dignidad. Al ver sus rostros radiantes, doy gracias al Señor que ha escuchado el clamor de los pobres y que ha manifestado su amor con signos concretos como la creación de este pueblo.

Sus gritos que surgen de la impotencia de vivir sin techo, de ver crecer a sus niños en la desnutrición, de no tener trabajo, por la mirada indiferente —por no decir despreciativa— de tantos, se han transformado en cantos de esperanza para ustedes y para todos los que los miran. Cada rincón de estos barrios, cada escuela o dispensario son un canto de esperanza que desmiente y silencia toda fatalidad. Digámoslo con fuerza, la pobreza no es una fatalidad.

En efecto, este pueblo posee una larga historia de valentía y ayuda mutua. Este pueblo es el resultado de muchos años de arduo trabajo. En los cimientos encontramos una fe viva que se tradujo en actos concretos, capaz de “trasladar montañas”. Una fe que permitió ver posibilidad donde sólo se veía precariedad, ver esperanza donde sólo se veía fatalidad, ver vida donde tantos anunciaban muerte y destrucción.

Recuerden lo que escribió el apóstol Santiago: ‘La fe si no tiene obras está muerta por dentro’ (St 2,17). Los cimientos del trabajo mancomunado, el sentido de familia y de comunidad posibilitaron que se restaure artesanal y pacientemente la confianza no sólo en ustedes, sino entre ustedes, lo que les permitió ser los primeros protagonistas y artesanos de esta historia.

Una educación en valores gracias a la cual aquellas primeras familias que iniciaron la aventura con el padre Opeka pudieron transmitir el tesoro enorme del esfuerzo, la disciplina, la honestidad, el respeto a sí mismo y a los demás. Y ustedes han podido comprender que el sueño de Dios no es sólo el progreso personal sino principalmente el comunitario, que no hay peor esclavitud, como nos lo recordaba el padre Pedro, que la de vivir cada uno sólo para sí.

Queridos jóvenes de Akamasoa, a ustedes quisiera dirigirles un mensaje especial: no bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza, ni jamás sucumban a las tentaciones del camino fácil o del encerrarse en ustedes mismos. Gracias, Fanny, por ese hermoso testimonio que nos diste en nombre de los jóvenes del pueblo.

Queridos jóvenes: El trabajo realizado por sus mayores, a ustedes les toca continuarlo. La fuerza para realizarlo la encontrarán en su fe y en el testimonio vivo que sus mayores han plasmado en sus vidas. Dejen que florezcan en ustedes los dones que el Señor les ha dado. Pídanle que les ayude a ponerse al servicio de sus hermanos y hermanas con generosidad.

Así, Akamasoa no será sólo un ejemplo para las generaciones futuras, sino mucho más, el punto de partida de una obra inspirada en Dios que alcanzará su pleno desarrollo en la medida que siga testimoniando su amor a las generaciones presentes y futuras.

Recemos para que en todo Madagascar y en otras partes del mundo se prolongue el brillo de esta luz, y podamos lograr modelos de desarrollo que privilegien la lucha contra la pobreza y la exclusión social desde la confianza, la educación, el trabajo y el esfuerzo, que siempre son indispensables para la dignidad de la persona humana.

Queridos amigos de Akamasoa, querido padre Pedro y sus colaboradores: Gracias una vez más por su testimonio profético y su testimonio generador de esperanza. Que Dios les siga bendiciendo.

Les pido que, por favor, no se olviden de rezar por mí.

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